Dejándonos en paz

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Dejándonos en paz

Permanezcamos muy quedos por un instante y olvidémonos de todas las cosas que jamás
hayamos aprendido,
de todos los pensamientos que hayamos abrigado
y de todas las ideas preconcebidas
que tengamos acerca de lo que las cosas significan
y de cuál es su propósito.

Olvidémonos de nuestras propias ideas acerca del propósito del mundo, pues no lo
sabemos.

Dejemos que toda imagen
que tengamos acerca de cualquier persona
se desprenda de nuestras mentes y desaparezca.
No abrigues ningún juicio,
ni seas consciente de ningún pensamiento,
bueno o malo, que jamás haya cruzado tu mente con respecto a nadie.
Ahora no lo conoces.
Pero eres libre de conocerlo,
y de conocerlo bajo una nueva luz.
Sólo necesitas estar muy quieto.

No necesitas ninguna otra regla que ésta
para dejar que la práctica de hoy
te eleve muy por encima del pensamiento del mundo
y libere tu visión de lo que ven los ojos del cuerpo.
Sólo necesitas estar quieto y escuchar.

Haz simplemente esto:
permanece muy quedo
y deja a un lado todos los pensamientos acerca
de lo que tú eres y de lo que Dios es;
todos los conceptos que hayas aprendido acerca
del mundo;
todas las imágenes que tienes acerca de ti mismo.
Vacía tu mente
de todo lo que ella piensa
que es verdadero o falso, bueno o malo;
de todo pensamiento que considere digno,
así como de todas las ideas
de las que se siente avergonzada.
No conserves nada.
No traigas contigo ni un solo pensamiento
que el pasado te haya enseñado,
ni ninguna creencia que, sea cual sea su procedencia,
hayas aprendido con anterioridad.

Olvídate de este mundo, olvídate de este curso,
y con las manos completamente vacías, ve a tu Dios.