Es un camino de aceptación

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En una aceptación: sea cual sea la situación, sin luchar contra ella. Aceptándola de todo corazón, la trascendemos. Porque la trascendencia solo llega a través de la aceptación.

En cuanto uno empieza a aceptarse y respetarse a sí mismo, empiezas a completarte. Entonces, no hay nada que te divida, no hay nada que cause la separación.

Es un camino de aceptación. Sin condenarte a ti mismo. Aceptándote tal como eres – ya que tu autocondena sólo crea más división. Y en el mismo instante en que aceptas algo, lo trasciendes, porque la aceptación produce unidad y, cuando estás interiormente unido, posees la energía para trascender.

Deja pues que haya una aceptación de eso que eres – sin condenas. Todo lo que hemos estado haciendo hasta ahora, haya sido lo que sea, ha sido una forma de represión. Simplemente hay que encontrar la manera que no te haga daño, ni haga daño a nadie. Un espacio interior o un entorno que te ayude a hacerte más consciente. Pues cualquier cosa oculta debe ser expuesta a la luz, no intentes reprimirla. Todo eso ha de ser liberado.

Como seres sintientes, que somos. Nuestros miedos más básicos son el miedo a la soledad y el miedo a la intimidad. Ambos son dos extremos, dos polaridades de una misma cosa. Ambos miedos recorren todo el espectro de nuestras emociones. Y a través de ellos crecemos en conciencia.

De aquí que podamos extrapolarlos en dos caminos, o dos tendencias, y ambos juntos los podemos expresar en la metáfora de las dos alas de un pájaro o de nuestras dos piernas, sin las cuales no podemos caminar, ni volar.

La soledad es básicamente un camino hacia nuestro ser, nuestra autenticidad y paz a través de la soledad. Y el amor es el camino que recorremos a través de los demás, de nuestras relaciones. Ambos son formas de relacionarnos, una con nosotros mismos y otra con los otros.

La terapia es, básicamente, meditación y amor, porque sin amor y meditación no hay ninguna posibilidad de sanar.

 La meditación es el arte de estar contigo mismo. El amor es el arte de estar con otros. Ambas cosas son las dos caras de una misma moneda. Una persona que no sabe estar consigo misma, en realidad, no puede relacionarse con otros, su relación será difícil, sin gracia, casual. En algunos momentos parecerá ir todo bien y, de repente, cambiará. Será un continuo arriba y abajo, sin profundidad. Será un jaleo. Por supuesto, le mantendrá ocupado, pero sin música, sin melodía, sin disponer llevarle a las alturas o a las profundidades del ser. Y al contrario: una persona que es incapaz de estar con otros, de relacionarse, le resultará muy difícil relacionarse consigo misma, porque, al fin y al cabo, ambas son formas de relacionarse: entre relacionarse con los demás y relacionarse con uno mismo no hay mucha diferencia, es lo mismo.

Si eres incapaz de amarte y confiar en ti mismo, no serás capaz de amar ni confiar en nadie. Y sólo si eres capaz de amarte a ti mismo serás capaz de amar a otro.

Pero la sociedad condena el amor propio. Como algo egoísta, o narcisista. Cuando, en realidad, el amor propio es la base y el principio de todos los demás amores.

Una persona que se ama a sí misma tarde o temprano amará y compartirá su amor. Una persona que confía en si misma no puede desconfiar de los demás. Ni de los que pudieran engañarle, ni de los que ya le han engañado, ni siquiera de ellos. Porque el hecho de confiar en si mismo, es más valioso que cualquier otra cosa.

Empieza por confiar en ti – esta es la primera lección, y la más fundamental. Comienza a amarte a ti mismo. Si no te amas a ti mismo, ¿quién te va a amar?

Amate a ti mismo, porque si no te amas a ti mismo nadie podrá amarte. Porque nadie puede amar a alguien que se odia a si mismo.

Y aquí, en este mundo, casi todo el mundo se odia a sí mismo, casi todo el mundo se condena.

Y todo el mundo tiene miedo a la intimidad. Otra cosa es si uno es consciente de ello o no. La intimidad significa exponerse ante un extraño. Y básicamente todos somos unos extraños – no nos conocemos. Somos aun extraños ante nosotros mismos, porque no nos conocemos, no sabemos quienes somos.

La intimidad nos acerca a un extraño. Uno tiene que desprenderse de las defensas; y sólo entonces, puedes acercarte a alguien. Pero justo ahí está el miedo de si al desprenderte de tus mascaras, de tus defensas, y mostrarte en tu desnudez, en tu autenticidad ¿Quién sabe lo que puede hacer ese extraño contigo?

Todos ocultamos miles de cosas – y no solamente de los demás, sino incluso de nosotros mismos – porque hemos sido traídos al mundo por una humanidad enferma, con toda clase de represiones, inhibiciones, taboos. Y el miedo es que ante cualquier extraño – y no importa si has vivido con esa persona  por treinta o cuarenta años; esa persona nunca deja de serlo – es más seguro mantener una cierta distancia, alguna clase de defensa, porque cualquiera puede aprovecharse de nuestras debilidades, de nuestra fragilidad, de nuestra vulnerabilidad.

Y el problema se vuelve aún más complejo ante el hecho de que todo el mundo quiere intimidad. De otra manera estás solo en este universo – sin un amigo, sin un amante, sin nadie en quien confiar, sin nadie a quien le puedas abrir tus heridas. Y las heridas no pueden sanar al menos que las abras. Cuanto más las ocultas, más peligran. Pueden infectarse.

Así que antes de que uno pueda tener intimidad con alguien, tiene que estar en paz consigo mismo.

Y solamente un hombre meditativo puede permitir que haya intimidad.

Pues no tiene nada que ocultar.

Todo de lo que tenía miedo que otro pudiera darse cuenta o llegar a saber, el ya lo ha visto. Y dejado de lado.

Tu tienes que aceptarte a ti mismo completamente – y si tu no puedes aceptarte, como vas a pretender que otro lo haga.

El primer paso es aceptarte a ti mismo completamente, a pesar de todo lo que te hayan dicho. Y una vez que te hayas aceptado a ti mismo como eres, el miedo a la intimidad desaparece.

Al condenarte, al condenar tu propia naturaleza, te divides, te vuelves esquizofrénico.

Sigmund Freud ha contribuido enormemente al desarrollo de los hombres, con el descubrimiento que aporta su  método del psicoanálisis, revelando algo que Oriente ha conocido por siglos. Y todo el secreto está en que: “una vez que algo inconsciente se vuelve consciente, y llega a la mente consciente, se disuelve”. Se resuelve.

Cuanto más se libera el inconsciente, más crece tu consciencia. Así como se va disminuyendo el área del inconsciente, el territorio de la consciencia se expande.

Te vuelves más limpio, más ligero.

Esta es en especial la contribución de Buda. Aplicada a un tipo de meditación llamada Vipassana. Que reside en encarar tu miedo y tu deseo dentro de ti – tus sueños y tus pesadillas.

La meditación es un camino para ir más allá de la mente, para transcenderla.

Y este es todo el trabajo: descargar tú inconsciente, descargar tu mente, y volverte un hombre ordinario. No hay nada más hermoso que ser sencillo y ordinario. Entonces puedes tener tantas relaciones íntimas y amigos como te sea posible, porque no tienes nada que temer. Eres como un libro abierto – que cualquiera puede leer. Sin nada que ocultar.

Si eres sencillo, abierto, intimo, amoroso, entonces creas un paraíso a tu alrededor. Si estás cerrado, constantemente en guardia, siempre temeroso de que alguien pueda llegar a saber lo que pasa por tu cabeza, en tus pensamientos, dentro de ti, en tus fantasías en tus sueños – vives en el infierno.

El infierno está dentro de ti – y también el cielo.

Eso no son lugares geográficos.

Son nuestros espacios espirituales.

Simplemente necesitamos una limpieza. Y la meditación no es otra cosa que una limpieza de toda la porquería que se ha acumulado en la mente. Cuando la mente está en silencio y el corazón puede sentir – entonces podemos abrirnos, y sentir la belleza de esta existencia.

¿Te amas a ti mismo? ¿Amas esta existencia? ¿Amas esta vida que es un don?

La meditación no es más que un método para dejar las mascaras, los pensamientos, la mente, la identidad con el cuerpo, y quedarnos absolutamente a solas en nuestro interior. Una llama viva.

Tu soledad es nuestra verdad.

Es nuestro propio hogar, el hogar de aquellos que han encontrado su propio espacio al que pueden llamar hogar, su hogar, su hogar eterno.

Una vez que uno entiende exactamente lo que significa meditación, entonces te das cuenta de que no es algo difícil de conseguir. Es nuestro derecho de nacimiento; es nuestro espacio interior, somos absolutamente capaces de entrar en el.

Es más una comprensión que una disciplina. No es que uno tenga que hacer mucho; al contrario, no tienes que hacer nada más que entender claramente qué es meditación.

No se necesita nada. No es una acción en absoluto. Es un no-hacer. Y cuando llega el momento, cuando llega la primavera, la hierba, por sí sola, crece. No necesitamos sacar la hierba tirando de ella.

No se necesita nada. Somos  completamente capaces de volvernos conscientes tal como somos, pero tenemos que aprender los caminos de la relajación y el dejarse ir, no los caminos del conflicto, la pelea, la lucha.

Sólo se necesita un poco de paciencia.

De hecho cuando estamos enfermos, en los hospitales se nos llama “pacientes”. ¿Nos damos cuenta de porqué? – porque la curación lleva su tiempo, y tenemos que tener paciencia, ser pacientes.

Y esta es una sanación interior, en la que se necesita una paciencia aún más profunda, una paciencia infinita.

 

“Ten paciencia con todo lo que no está resuelto en tu corazón, e intenta amar las preguntas mismas, como cuartos cerrados y libros escritos en un idioma extraño. Vive las preguntas. Quizás luego poco a poco, sin darte cuenta vivirás un día lejano entrando en la respuesta.

Madurar como el árbol, que no apremia a su sabia y se yergue confiado en las tormentas de primavera sin miedo a que detrás pudiera no venir el verano. Pero viene sólo para los pacientes que están ahí como si tuvieran por delante la eternidad. Yo lo aprendo diariamente, lo aprendo bajo dolores a los que estoy agradecido.

¡ La paciencia lo es todo ¡

  • M. Rilke –